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La era de la resiliencia

Resiliencia viene del término latín resilio que significa “volver atrás”, y en ingeniería, se refiere a la capacidad de memoria de un material para regresar a su estado inicial. Pero ¿qué ocurre con las personas? Y, sobre todo, ¿es realmente posible incrementar nuestra propia resiliencia? Este artículo nos da algunas claves al respecto.

En el inicio de un año que genera muchas esperanzas y quizás demasiadas expectativas, todo parece indicar que la resiliencia va a seguir siendo un concepto de actualidad. Este término que se empezó a utilizar en ámbitos muy específicos (ingeniería, psicología, ecología o ciencias sociales) ha llegado al gran público como una de las palabras finalistas del año pasado según la Fundación del Español Urgente.

En el contexto que nos interesa aquí, el de las personas, la resiliencia se define como “capacidad de sobreponerse, de recuperarse después de un estímulo adverso”. Si el objetivo parece claro, el quid de la cuestión reside en cómo conseguirlo.

Cuando una situación adversa nos afecta de manera importante y prolongada, las primeras reacciones no suelen ser las más acertadas.

Muchas personas desean regresar a la situación inicial, antes de que apareciera el problema, como si trataran de despertarse de un mal sueño. Dedican entonces mucho tiempo a lamentar la situación o añorar el pasado en lugar de enfrentarse a la realidad.

Otras personas se imaginan dando un salto hacia el futuro, hasta haber superado ese período que anticipan difícil. Por ejemplo, en el principio de la pandemia, una idea muy extendida era que habría que esperar 3 o 4 meses, y “aguantar” hasta el verano cuando la situación estuviera supuestamente mejor. Pero esta fantasía nos lleva de nuevo a adoptar una actitud pasiva, la de simples espectadores de una película de catástrofes a la espera de un final feliz.

Ambas reacciones tienen como objetivo escapar de los problemas y sufrimientos asociados, pero a la diferencia de la resiliencia, no constituyen estrategias adecuadas ni tampoco saludables para afrontar situaciones adversas.

Hay personas que piensan que la resiliencia es una cualidad intrínseca del ser humano, y que uno es resiliente, o no lo es. Si bien es cierto que una actitud naturalmente positiva (mezcla de optimismo y realismo) ayuda a afrontar situaciones difíciles, podemos también desarrollar diferentes acciones y comportamientos con este fin.

He seleccionado aquí cinco pautas de actuación que me parecen fundamentales para fomentar la resiliencia.

  1. Aceptar la situación. Hay que remarcar que aceptar no significa “resignarse” (lo que nos llevaría a adoptar una actitud pasiva) sino reconocer simplemente las dificultades que estamos atravesando en el presente y dejar atrás el pasado para no caer en la trampa de la nostalgia o del escapismo. Verbalizar el problema y expresar cómo nos sentimos al respecto suele resultar beneficioso para superar esta fase de aceptación.
  2. Definir los factores sobre los que tenemos control e identificar los que están fuera de nuestro alcance. Es el momento de alejarse del rol de “víctima de las circunstancias” y centrar nuestro tiempo y energía en situaciones dentro de nuestra esfera de influencia. Y aunque no tengamos siempre la capacidad de cambiar realmente una situación, podemos al menos modificar nuestra percepción de los hechos y nuestra forma de pensar.

  3. Pedir ayuda a los demás. Muchas personas se resisten a dar este paso por diferentes motivos: por timidez u orgullo, por miedo a parecer débil o recibir un no por respuesta o simplemente por no querer molestar. Existe también el riesgo de ensimismarse en reacción a un acontecimiento doloroso, cuando está demostrado que acercarse a los demás y percibir su apoyo es especialmente importante para recuperarse de una situación adversa.

  4. Utilizar el sentido del humor. Reírse de uno mismo o de la situación que nos afecta permite distanciarnos de las preocupaciones, ver las cosas con mayor perspectiva y relativizar su importancia verdadera que tendemos a exagerar en un primer momento. Además del humor, la práctica de determinadas actividades ayuda también a rebajar el nivel de ansiedad y canalizar nuestra frustración: el deporte, la meditación, cualquier hobby o tarea que requiera concentración nos alejarán de pensar en la fuente de estrés. Frente a una pérdida, es fundamental considerar las cosas que seguimos teniendo, y en las que nos podemos apoyar.

  5. Aprender de la experiencia. Las situaciones difíciles constituyen a menudo oportunidades de aprendizaje vital, lo que ocurre es que, en un primer momento, sólo percibimos el dolor de la pérdida. Con el paso del tiempo somos capaces de reflexionar sobre la adversidad y encontrarle un sentido. De este modo vamos generando un repositorio de vivencias que nos ayudarán en un futuro, cuando surja otro acontecimiento perturbador.

En definitiva, y como bien lo ilustra la fábula del roble y del junco, la resiliencia no es cuestión de fuerza sino de flexibilidad y capacidad de adaptación. Regresar al estado inicial de antes de la “tormenta” consiste, en realidad, en ser capaces de avanzar hacia un nuevo estado, fruto de la experiencia vivida y del aprendizaje adquirido.

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