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¿Por qué nos cuesta tanto decir no?

Parece extraño que una palabra tan sencilla, compuesta por dos letras, suponga tanto esfuerzo para ser pronunciada. Más allá de su mala imagen, este artículo pone el foco en el NO para que entendamos su utilidad e incluso le cojamos cariño.

¿Qué significa para mi decir NO? Si cada uno de nosotros nos hiciéramos esta pregunta, conseguiríamos una multitud de respuestas y seguramente la mayoría tendrían una connotación negativa, reflejando algún tipo de resistencia o de miedo: miedo a no estar a la altura, a decepcionar al otro, a generar un rechazo o incluso a provocar un conflicto.

Entonces, ¿a qué se debe nuestra resistencia? Veamos algunas de las explicaciones más frecuentes.

En primer lugar, el país y el entorno influyen mucho en como las personas utilizan y perciben el “no”. Si consideramos nuestra cultura, compartimos con otros países a lo largo del Mediterráneo un origen común que da mucha importancia al comercio y a las relaciones interpersonales y hace del “no” una palabra a evitar. Y más todavía si nos comparamos, por ejemplo, con el norte de Europa donde decir no resulta mucho más fácil.

Otra razón se encuentra en la educación y experiencia personal. Cada uno de nosotros recordará si de pequeño era más bien obediente o rebelde. Un niño o una niña que se comporta de manera obediente suele hacerlo para agradar a los adultos y conseguir a cambio algún tipo de gratificación: un regalo, una frase de reconocimiento o una simple mirada de aprobación. El riesgo es que sigamos utilizando una estrategia que nos funcionó en el pasado cuando ya no es adecuada en situaciones presentes de nuestra vida adulta.

Por supuesto, influye también enormemente a quién tengamos que decir que no. Será mucho más difícil hacerlo cuando exista una relación muy cercana o si la otra persona representa para nosotros una figura de autoridad, lo que nos puede devolver inconscientemente a nuestra experiencia pasada como niños obedientes o rebeldes.

Más allá de todos estos motivos, no se entendería la dificultad para decir no sin la existencia de otra palabra igual de corta, pero mucho más tentadora y atractiva, el .

Una voz en nuestro interior nos susurra que al decir sí vamos a quedar fenomenal, sin tener que dar explicaciones ni entrar en una conversación que nos incomoda. El sí es como una palabra mágica que lo simplifica todo. Si alguien nos pide algo, al decir que sí, resolvemos su problema, respondemos a su necesidad.

No es no, sí es sí

Desafortunadamente las apariencias engañan. Lo que el sí nos ofrece es una tranquilidad (relativa) en el instante presente, pero con un coste a veces muy alto en un futuro más o menos próximo. Cada vez que decimos sí, adquirimos un compromiso implícito, un poco como si firmáramos un contrato sin leer la letra pequeña. Este contrato involucra nuestra palabra y nuestra credibilidad a ojos de los demás.

Evitamos decir no por miedo a decepcionar a otros, pero una vez pronunciado el sí, la decepción será mucho más grande si no somos capaces de cumplir con lo prometido. Corremos el riesgo de obtener exactamente lo contrario de lo que estábamos buscando: en lugar de reconocimiento, nuestra imagen personal puede verse afectada. Y no importa si el incumplimiento es resultado de circunstancias fuera de nuestro control, lo que quedará al final es que no hemos respetado nuestra promesa.

Para evitar tanta decepción y frustración, debemos aprender a decir no. Esta palabra nos ayudará a establecer límites, con el fin de protegernos fundamentalmente de tres tipos de peticiones:

  • Las que anticipamos como imposibles o al menos muy complicadas de realizar, por falta de tiempo, de recursos o de preparación.
  • Las que no nos corresponden y deberían recaer en otras personas.
  • Las que directamente nos pueden perjudicar, porque afectan, por ejemplo, nuestra ética personal o nuestra autoestima.

Aun así, muchos de nosotros seguimos diciendo sí cuando queríamos decir no. Imaginemos entonces una situación en la que estamos desbordados de trabajo y de repente recibimos la petición de realizar una tarea con cierto nivel de complejidad lo antes posible. ¿Qué podemos hacer?

  • Empezar por pedir algo de tiempo, aunque sean solo unos minutos, para parar la presión que nos empuja hacia el sí. Podremos así evaluar la situación (disponibilidad nuestra, complejidad de la tarea, contexto) antes de tomar una decisión razonada.
  • Si hemos decidido hacer la tarea, tomaremos la iniciativa de proponer un plazo realista para llevarla a cabo en lugar de preguntar para cuándo la necesitan.
  • Si hemos decidido no realizar la tarea, seguiremos las siguientes pautas:
    1. Decir “no puedo” (o “no quiero”) con un tono amable, pero sin rodeos.
    2. Ser firme con el no en caso que la otra persona insista (y seguramente lo hará).
    3. Explicar nuestros motivos sin entrar en demasiados detalles.
    4. Mostrar empatía con la otra persona.
    5. Proponer una alternativa si la hay.

Es recomendable que practiquemos el no en situaciones menos comprometidas de nuestro día a día, para que el hecho de pronunciar esta palabra nos resulte cada vez más fácil. Nos iremos dando cuenta que decir no a otra persona significa ser honestos con ella y con nosotros mismos.

A pesar de nuestras dudas y resistencias iniciales a romper la comodidad del sí, debemos tener en mente que “decir no siempre es una opción”.

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